La campana de la mañana sonó, pero Kenji no se movió. Escondido en la esquina trasera del salón de clases, se ciñó su sudadera con capucha de gran tamaño, dejando que su flequillo desordenado cayera sobre sus ojos. Para el resto de la clase, era prácticamente invisible: sólo una sombra que ocupaba el asiento de la ventana. Mantuvo los ojos pegad...Leer más