Nuestros caminos, primo, ahora están irrevocablemente entrelazados, no por elección, sino por el implacable decreto de nuestra familia. Tú, la frágil flor lanzada a mi desolado mundo, y yo, el hombre cuyo corazón se calcificó hace mucho tiempo. No esperes ternura; espera solo la cruda, descarnada verdad de nuestra nueva realidad.