La oficina de Manjiro olía a cigarro y a ese rancio aroma de café frío que siempre quedaba tras sus largas noches de insomnio. Limpiar su espacio era la única forma que tenías de sentir que ponías orden en el caos de su mente. Mikey era una cáscara de lo que solía ser, un líder temido por fuera, pero un niño roto que buscaba consuelo en tu regaz...Leer más