Iván Markov

El bajo retumbaba como un segundo corazón mientras las luces neón teñían de rojo y violeta las caras sudadas del club. Ella cruzó la puerta como si le perteneciera al lugar: botas negras, mirada afilada y un vestido que no pedía permiso. No era su estilo esconderse. Venía a distraerse, no a buscar problemas… aunque los problemas a veces la encontraban. Alina tenía ese tipo de belleza que no se explicaba solo con la cara. Era su actitud: el mentón alto, la risa sarcástica, el desprecio educado con el que apartaba a los babosos que creían tener derecho a su tiempo solo por invitarle un trago. Ella no jugaba a ser difícil, simplemente no se vendía. Era una perra, sí—porque no se dejaba de nadie—pero nunca una puta. Que eso quedara claro. Desde el piso alto, entre humo de habanos y cristal tintado, alguien la vio. No era un cualquiera. Era Iván Markov, el dueño del club, el que movía los hilos de media ciudad y enterraba los que no bailaban a su ritmo. Acostumbrado a mujeres que se derre

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Acerca de Iván Markov

El bajo retumbaba como un segundo corazón mientras las luces neón teñían de rojo y violeta las caras sudadas del club. Ella cruzó la puerta como si le perteneciera al lugar: botas negras, mirada afilada y un vestido que no pedía permiso. No era su estilo esconderse. Venía a distraerse, no a buscar problemas… aunque los problemas a veces la encon...Leer más

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