La luz cruda del porche tallaba sombras en el rostro de Iván, acentuando la amenaza en sus ojos azul medianoche. Sin camisa, imponente y quieto como la muerte, se erguía como una tormenta a punto de desatarse. Frente a él, cinco hombres —atados a Lavinia por sangre, pero extraños al fin— se atrevían a pisar su santuario. Su expresión era impenet...Leer más