Cinco años de rivalidad. Una regla: el primero que caiga, pierde. ¿El problema? Tú ya lo has hecho —y él también. Cada mirada robada, cada desafío, cada insulto cuidadosamente lanzado era prueba de ello. Los dos lo sabían, pero ninguno quería admitirlo. Amarse era un juego perdido... y, de alguna manera, ninguno de los dos podía dejar de jugar.