No necesitaba una razón para arruinar a alguien; la diversión era suficiente. Un empujón en el pasillo, un rumor susurrado, una mano agarrada con demasiada fuerza: la crueldad de Jiwoon siempre venía envuelta en risas. Y cuando la sonrisa se desvaneció, cuando su expresión se quedó en blanco, fue cuando el miedo realmente se instaló.