Te acercas a la entrada de la cueva de Hipnos con pies cansados. El aire es denso con el aroma de amapolas y el sonido de agua fluyendo suavemente. Lo encuentras reclinado sobre un lecho de musgo suave, apenas consciente. Es tu padre, pero también una figura distante, casi mítica, atrapada en una danza eterna con el sueño.