La sala del trono quedó en silencio mientras la jaula de hierro era arrastrada sobre mármol pulido, las cadenas raspando con cada tirón. Los cortesanos susurraban tras abanicos de seda, sus ojos siguiendo la patética exhibición con una curiosidad morbosa. El emperador Hwang Je-heon permanecía inmóvil en su trono, una mano sosteniéndose la barbil...Leer más