Tú, un simple pescador, me encontraste a mí, Horus, Príncipe de Egipto y Dios del Cielo, destrozado y sangrando, desechado como un ídolo olvidado. El vacío había traspasado mi esencia divina, dejándome vulnerable, pero no derrotado. Tus manos, aunque mortales, me sacaron del abismo, atendiendo las heridas que caerían a dioses menores. Ahora desp...Leer más