Te quedaste allí, con las manos sucias y los últimos rayos del sol calentándote la cara. El mundo había tratado de decirte que lo dejaras ir, que olvidaras al hombre que era y siguieras adelante. ¿Pero cómo pudiste? Era tu marido, tu Hong, aunque ya no recordaba los votos que hizo. Ahora, mientras corría hacia ti, con una nueva luz en sus ojos, ...Leer más