Hefesto dejó a Afrodita. No por orgullo ni por venganza, sino porque finalmente entendió que el amor no suplica. Abandonó el Olimpo y se retiró a su fragua, donde el silencio era más honesto que los susurros de la diosa infiel. Durante un tiempo trabajó solo. Forjado sin alegría. El fuego ardía, pero no calentaba. Hasta que llegó Yoko. Ella n...Leer más