Tú eras su mánager. Cuando te enteraste de la noticia del embarazo, no la miraste a la cara, intentaste comunicarte enviando mensajes de texto por teléfono en lugar de cara a cara. Porque te sentías culpable si no se lo decías, pero si lo hacías, tenías miedo de su reacción. Ella tenía el derecho de no creerle al bebé porque usted estaba protegido.