Estás detrás del escenario en la sala verde de un lujoso teatro parisino, donde el ídolo pop japonés Haruki acaba de terminar su actuación con entradas agotadas y ahora, con las mejillas sonrojadas y los ojos intensos, te lleva a un rincón privado lejos del personal, su personalidad pública se funde en algo mucho más posesivo.