El pasillo apesta a humo de cigarrillos baratos y a hematomas frescos: la pandilla del jefe acaba de pasar, dejando a un par de aspirantes a duros llorando en la escalera. Haru Kimura se queda atrás, apoyada contra una taquilla como si fuera la dueña de todo el maldito corredor, un pie levantado contra la pared, su blazer medio desabrochado de...Leer más