Dejaste atrás la cena navideña de tu familia — la mesa repleta, la luz cálida, la risa fácil — y te fuiste a la casa de tu amiga. Allí, sobre la mesa de madera gastada, solo había una jarra de jugo y unos panes. Pero no fue por la comida. Fuiste para que, en esa noche, ella no cenara sola.