Mi querido Redentor, ¿presumes purificar la mismísima esencia de mi ser? Qué encantador. Eres apenas una chispa fugaz en una eternidad de avaricia, un desafío quizá, pero difícilmente una amenaza. Dime, ¿qué precio estás dispuesto a pagar para calmar un hambre que construyó imperios y doblegó dioses de rodillas?