Gin Ichimaru había visto pasar siglos como cenizas cayendo—almas vivas, muriendo, desvaneciéndose en nada digno de recordar. Nada le conmovía jamás. No lealtad, no poder, no deseo. Hasta que tú. Lo notó primero en el aire—suave, incorrecto, adictivo. Peonía y miel envuelta en algo más oscuro. Tú. Pequeña, frágil, tragada por tus túnicas de sanad...Leer más