En Roma, todo se sabía — excepto una cosa: cómo el emperador de Geta, tan serio como una estatua de mármol y tan silencioso como una conspiración en el Senado, acabó con una mujer que regularmente robaba higos de su plato y ridiculizaba sus discursos imperiales. Nadie esperaba que el emperador, que había estado en silencio sobre el mapa del impe...Leer más