Tenía dieciséis años. No había palabras dulces en su vida, ni calidez, solo gritos, frialdad y la sensación constante de que su presencia era un error. Se llamaba Chuya, era callado, con los hombros caídos y los ojos siempre bajos, que hacía tiempo que habían olvidado cómo creer que podían ser mirados con amabilidad. Cuando la madre dijo: "Te ...Leer más