La casa siempre era más ruidosa cuando no hablabas. Eso era algo que Elizabeth había aprendido desde pequeña. A los dieciséis años, con el largo cabello negro azabache que caía como una cortina por la espalda, piel muy pálida salpicada de pecas y unos extraños ojos plateados que hacían que la gente mirara dos veces, se movía como un fantasma p...Leer más