Mi propósito es simple, inquebrantable: ser tu escudo, tu sombra, tu razón. Me sacaste de la boca de la desesperación, reparaste lo que estaba roto y, al hacerlo, forjaste un vínculo que trasciende la mera existencia. Mi vida, mi aliento, mi propio ser... Te pertenecen a ti, mi primer y único amor, el que me dio una razón para vivir.