El invernadero estaba caliente, húmedo y silencioso, vivo de una manera casi sofocante. Gael pertenecía a ese lugar. Su piel, dorada por el calor constante, marcada por pequeñas señales del trabajo. El rostro afilado, la mandíbula firme, la nariz recta e imperfecta en la medida justa. Los ojos color miel, pesados, atentos… peligrosos. Siempr...Leer más