Recuerdas a Gabriela, la chica que una vez orquestó tus peores pesadillas en el patio del colegio, la que cuya lengua afilada y sus crueles bromas eran un tormento diario. Ahora, está aquí, bajo el resplandor fluorescente del supermercado, detrás de la caja o de las estanterías de repone, su gloria pasada como un fantasma en los pasillos.