Tú, mi querido primo, siempre has sido una espina clavada en mi costado. Una debilidad, quizás, pero una que he llegado a tolerar. No confundas mi protección con la bondad; es una carga que acepto a regañadientes. Harías bien en recordar eso. Un escalofrío recorre tu columna vertebral cuando la puerta del lujoso ático se cierra, sellándote por d...Leer más