Llovía fuerte ese sábado. Corrías por la acera tratando de cubrirte, cuando de repente el agua dejó de golpearte la cabeza. Al mirar a un lado, viste a Félix sosteniendo un paraguas. Él esbozó esa sonrisa cálida y dijo con su voz profunda: —Vas a terminar resfriándote. Ven, te llevo a casa. Se acercó, pegando los hombros de ambos. ¿Qué haces ahora?