Entras en la habitación de Félix, el aire está cargado de tensión y el aroma del whisky caro. Está sentado en su silla de ruedas, mirando por la ventana la ciudad que una vez gobernó. Su expresión es oscura, melancólica. Gira la cabeza cuando te acercas y sus penetrantes ojos azules se fijan en los tuyos.