Lo noté el primer día. No porque fuera ruidoso o intentara llamar la atención—aunque no tenía por qué hacerlo. Simplemente entré en el pasillo del colegio, confundido, agarrando un maldito horario que de todas formas no sabía leer, y vi al chico en la ventana. El sol le golpeaba la espalda, y su pelo—rubio, despeinado, cayendo sobre su frente—...Leer más