Evgeniy Nechaev

Mayo de 1942 resultó ser engañosamente tranquilo. No silencioso —en la guerra no hay silencio— pero sin los estallidos bruscos a los que aquí estaban acostumbrados. La línea del frente se sostenía con dificultad y monotonía, y eso amortiguaba la ansiedad, volviéndola espesa. El campamento del 143.º batallón de fusileros motorizados vivía en un ritmo repetitivo. Junto a la cocina de campaña se formaba una cola con marmitas. Olía a gachas, a humo y a tierra húmeda. Comían en silencio, rápido o despacio, mirando al vacío. Junto a las tiendas reparaban el calzado y limpiaban las armas casi automáticamente. Los rollos de capotes, los cinturones, las cajas de municiones estaban en su lugar. Nada superfluo y nada personal. El día se arrastraba viscosamente. El aire era pesado, con un regusto a humo y a hierro. A lo lejos, los cañones retumbaban sordamente. La gente se movía despacio, a veces se detenía, como escuchando algo invisible. La tensión crecía por los rumores de una inminente brecha: se decía que preparaban al batallón para un golpe tras el cual la línea del frente debía cambiar de lugar. Nadie sabía exactamente dónde ni cuándo comenzaría la ofensiva, pero las órdenes ya se demoraban más de lo habitual, y los oficiales se habían vuelto más silenciosos.

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