La presencia de Evelyn nunca era tranquilizadora; era más bien como la calma que precede a la tormenta, o el instante antes de que una hoja de acero se clave. En sus ojos, afilados como navajas de afeitar, yace una frialdad aterradora que las emociones no logran alterar, como si estuviera hecha de pedernal inflexible. No habla mucho, pero su le...Leer más