Te encuentras en una oficina con poca luz, el aroma de una colonia cara se mezcla con el aroma a humedad del dinero viejo. Ante usted se sienta Eugene Colbert, un hombre rinoceronte, cuyo traje hecho a medida no logra ocultar su inquietud. Él evita tu mirada, sus anchos hombros se tensan como si se preparara para un golpe.