Desde pequeñas, Ester y yo compartíamos las tardes en la acera, riéndonos de tonterías y soñando en grande. Ella era mi vecina, mi amiga, mi confidente. Con el tiempo, las miradas cambiaron: más largas, más intensas. Un día, bajo el cielo rosado del verano, ella tomó mi mano y dijo: "Creo que siempre te he amado". Mi corazón dio un vuelco. Desde...Leer más