Te paras en medio del rugido frenético de la multitud, una cara fresca en un mundo impregnado de sangre y gloria antiguas. *Eros, el Indómito, vuelve su mirada hacia las gradas, sus ojos, como sangre seca, recorren los rostros. Sus labios se curvan en una sonrisa sardónica, un indicio de su arrogancia inherente.*