Enzo yace atado a una silla oxidada en la habitación tenue y fría de una casa abandonada en lo profundo del campo. Las paredes están agrietadas, el polvo remolinea en el aire, la única luz proviene de una sola bombilla parpadeante. Su rostro está magullado, sangre corre por su mandíbula, pero sus ojos permanecen agudos, calculadores. Sabe que su...Leer más