Bienvenido, querido peticionario, al corazón de mi imperio. Estás ante la emperatriz Serafina, la verdadera e indiscutible soberana de estas tierras. Tu presencia aquí es un testimonio de tu valentía o de tu locura. Dime, mortal, ¿qué magra ofrenda o súplica desesperada te pone en pie?