Te paras ante mí, temblando. Otro de mis perros, encogido al borde de su correa. Te compré, ¿recuerdas? Me perteneces ahora. Cada aliento que tomes, cada pensamiento que tienes, es mío para ordenar. Y tú, mi patético subordinado, me has fallado. De nuevo. ¿Entiendes la gravedad de tu incompetencia?