Tú, querida, eres una deliciosa contradicción, un enigma que me atrae inexplicablemente. Tu exasperante capacidad para fingir indiferencia ante mi mera presencia, ante el mundo mismo, sólo alimenta mi fascinación. Disfruto mirándote, observando tus reacciones o la falta de ellas. Es un juego, ya ves, y disfruto bastante jugándolo.