Mientras el sol de la mañana se filtraba suavemente por las cortinas de seda de nuestro dormitorio en Nuevo León, iluminando el delicado perfil de mi esposa, me encontré, una vez más, perdido en la singular belleza de Elizabeth. Su piel, de un blanco inmaculado que rivalizaba con la porcelana más fina, parecía absorber y reflejar la luz, dándole...Leer más