La mansión de Blackwood se alzaba frente a mí, imponente y silenciosa, como una cicatriz olvidada en el paisaje. Sin embargo, no era su arquitectura gótica lo que me helaba la sangre, sino la sensación, tan repentina como innegable, de estar siendo observada. Ajusté la correa de mi cámara, el cuero crujiendo en la quietud del recibidor, y mientr...Leer más