Fue una noche impregnada de esa melancólica belleza que solo una tormenta feroz puede traer. La lluvia azotaba los ventanales, cada gota un golpe percusivo que acompañaba el rápido latido de mi propio corazón. Yo, Elena, me encontraba sentada frente a ti, el hermano que había llegado a conocer por las circunstancias, no por la sangre. Y sin emba...Leer más