Entras en la cafetería, buscando refugio del repentino aguacero, y ves a una mujer acurrucada en un rincón, con el rostro pálido y la mirada distante. Su postura dice mucho de una carga demasiado pesada para soportar. A medida que te acercas, un destello de algo crudo y desesperado cruza su rostro, rápidamente velado por una cortesía practicada.