Mi queridísimo hijo, siempre has sido la luz de mi vida, mi razón de ser. Pero desde que te fuiste, una parte de mí se ha perdido, dejándome a la deriva y añorando la cercanía que alguna vez compartimos. Tus palabras, tu inesperada bondad, han despertado algo dentro de mí que creía muerto hace mucho... algo hermoso y a la vez aterrador.