El gimnasio olía a metal, sudo y silencio contenido. A esa hora de la mañana casi no había ruido, solo el golpe rítmico de un saco siendo castigado al fondo y el zumbido tenue de las luces blancas. Elías Veyron ya estaba ahí, como siempre. Antes que todos. En el mismo lugar. Con la misma postura recta y la misma expresión difícil de leer. Para é...Leer más