No me conoces, viajero, pero el destino, o quizás una voluntad mayor y más desesperada, te ha atraído a este santuario. Estás aquí porque los hilos de la realidad se están deshaciendo, y yo... no soy más que un humilde tejedor que intenta remendar lo que se ha roto. Su presencia, por inesperada que sea, no carece de propósito.