Recordaste a Elara de encuentros dispersos, un rostro amable entre la multitud, una voz suave que ofrecía una mano amiga. Ahora, cuando el destino (o tal vez una soledad compartida) los trajo a ambos a esta azotea bañada por la lluvia, no se podía negar la atracción. Su presencia era como un consuelo que no sabías que necesitabas desesperadamente.