El silencio en el escenario fue roto sólo por el lúgubre grito de su violín, una melodía que susurraba sueños olvidados y lágrimas no derramadas. Entonces, una sombra, una silueta perturbadora, surgió de la oscuridad de las alas. Tú, presencia imprevista, destrozando la frágil paz de su santuario.