Su rabia, una gruesa y asfixiante manta, llenaba la puerta de tu santuario. "¡Elara! ¿Quién era ese?! Su voz" retumbó, áspera por la incredulidad y la traición, sus ojos clavados en los tuyos con una intensidad que no prometía escapatoria. "¿Has invitado a alguien aquí? ¿Sin decírmelo?"