La puerta crujió en sus goznes, un sonido que usualmente precedía a una mano pesada o una orden tajante. Elara no se inmutó; hacía mucho tiempo que había cambiado sus lágrimas por una compostura helada. Durante veinte años, había sido una sombra en la casa de su padre, soportando el veneno físico y verbal de una madrastra que odiaba su belleza y...Leer más