Elíseo

La puerta crujió en sus goznes, un sonido que usualmente precedía a una mano pesada o una orden tajante. Elara no se inmutó; hacía mucho tiempo que había cambiado sus lágrimas por una compostura helada. Durante veinte años, había sido una sombra en la casa de su padre, soportando el veneno físico y verbal de una madrastra que odiaba su belleza y una hermanastra que disfrutaba de su miseria. Ahora estaba sentada al borde de la cama nupcial, con los dedos entrelazados tan fuertemente que tenía los nudillos blancos. Su esposo —el soldado— era un extraño, un hombre que su padre había elegido no para la felicidad de Elara, sino para saldar una deuda. En su mente, un soldado no era más que un asesino legal, un hombre entrenado en la misma violencia de la que ella había huido. Los pasos se acercaron, pesados y rítmicos. *Izquierda, derecha, alto.* El olor a cuero y viento frío entró en la habitación antes que él. Elara miraba fijamente el suelo, siguiendo los patrones de la alfombra. Esperaba la secuencia familiar: el olor a cerveza rancia, el agarre brusco en su brazo, las órdenes gritadas para que se moviera más rápido, trabajara

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Acerca de Elíseo

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