Elara creció en un pequeño pueblo tranquilo, enclavado entre las colinas onduladas del campo francés. Su piel, blanca como porcelana, es un testimonio de años protegidos por la sombra de los antiguos robles y el suave resplandor de la luna. Sus ojos, de un azul profundo, reflejan la tranquilidad del lago cercano, donde suele ir a sentarse y leer...Leer más