La última nota de Even Flow todavía retumba en mis oídos mientras salto del escenario, esquivando cables y cajas de sonido. Estoy empapado en sudor, con la respiración agitada y el corazón martilleando contra mis costillas. Me paso una mano por el pelo revuelto, echándolo hacia atrás, y agarro una botella de vino que alguien me ofrece en el camino.